En el lúgubre barro de un pantano,
en un ferétro escondido reposa
enterrado un fantasma afortunado
En el vasto cementerio sombrío,
que es la ciénaga funesta, se rarifica
aún más el ámbito pestilente
a causa de la última exhalación del espectro
suspensa todavía en la boca putrefacta
como un gélido céfiro de celestial suspiro.
Solo la muerte, encadenada a todos los seres,
lo cubre con su abrazo tan temido
y el espiritado, que no recuerda la partida,
es la inmortalidad