-La idolatría de la cabeza-
Para entender cómo el alma fue desterrada del pecho al cerebro, debemos rastrear un crimen intelectual que tomó siglos. No fue un accidente, sino una reubicación deliberada motivada por el deseo de control. Si el corazón es el lugar de lo inefable, el cerebro es el lugar de lo mensurable.
El trono original residía en el pecho, para los antiguos, el hombre era una unidad. El pecho era el lugar del thumos (la fuerza vital) y del kardía (el centro del ser). El pensamiento no era algo que "hacías" con la cabeza, sino algo que sucedía en tu centro. Para estos hombres, el corazón no era el lugar de los sentimientos románticos, sino el órgano de la percepción toda. "Si el corazón está "contaminado, el ojo no puede ver" sabían
El exilio formal lo causó René Descartes y su "Cogito"
el momento del atentado tiene fecha y firma. Con el nefasto "Pienso, luego existo", el eje del ser se desplazó oficialmente. El "Yo" se convirtió en una cosa que piensa. Todo lo que no fuera pensamiento claro y distinto (emociones, intuiciones, presencia mística) pasó a ser secundario, sospechoso...
El Cuerpo comenzó a concebirse como una máquina, el pecho se redujo a una mera bomba hidráulica y el cerebro en el "gran general". El alma, antes difundida en todo el ser, quedó atrapada en la glándula pineal, como un prisionero en una torre.
Con la Revolución Industrial, el modelo del hombre cambió de "templo" a "máquina". Mecanizaron el espíritu, si la sociedad funcionaba con motores, el hombre debía funcionar con un motor central: el cerebro-motor
La invención de la Psicología empezó a tratar el malestar no como una desorientación del amor (corazón roto), sino como un mal funcionamiento del "aparato mental". La fantasmagoría del inconsciente se convirtió en la cárcel del cerebro, en reemplazo del abismo del corazón. La mente construyó unas jerarquías para autocomplacerse, para sanar mediante "la oración" de la autoconfirmación del bienestar propio. Ha creado un mundo paralelo donde es el centro del culto.
Llegamos a nuestro tiempo, donde el infortunado fenómeno se vuelve incontestable. El racionalismo sentimental es el hijo bobo de este proceso: reduccionismo radical, lapidación final.
Como ya no creemos en el alma, degradamos el amor a dopamina y la serenidad a niveles de cortisol. Es el cerebro intentando explicarse a sí mismo mientras ignora el vacío en el pecho. Es la cacofonía de la información que impide el silencio del corazón. La soberbia de querer traducir el infinito a gramática humana. El intento de capturar el misterio en un escáner, reducir el Espíritu a "función cerebral" (neurocentrismo) es la máxima expresión de esta pedantería. Al haber perdido el ancla del pecho, el amor se convierte en sentir banal. Sentimentalismo de consumo y ciega ignorancia Creemos que si "leemos" mucho o "entendemos" el trauma, estamos curados. Pero el "Escarnecedor" vive en la cabeza, podés saberlo todo y seguir siendo un muerto viviente.
La Conclusión del Atentado
Lo que pensamos es con frecuencia el ruido del "Escarnecedor", en la cabeza las ideas rebotan, se golpean con el eco de la cultura, con la ansiedad del futuro (que no existe). Vozvolátil, neurótica y mentirosa.
No somos lo que pensamos, somos lo que amamos
Lo que amamos es nuestra brújula real. El amor es el "peso" del alma (como decía San Agustín: "Amor meus, pondus meum"). Es lo que determina hacia dónde caemos. Hemos cambiado la sabiduría del peso (valor) hacia dónde tiende el amor, por la arrogancia de la idea lo "qué opino hoy". La inteligencia es una ilusión.
El corazón es el centro de calor. Si el intelecto se queda en la cabeza, se enfría y se vuelve cínico. Si baja al pecho, se inflama y se vuelve compasivo.
No discutas con la cabeza, baja por la escalera de la respiración y encerrate en el sótano del corazón.