Ella ha muerto y fue
incinerada ayer
atrás del cementerio.
Hay presencia de sus
pálidas cenizas de rara
hermosura en el aire.
Algo extremadamente
tenue, una soledad sonora
atraviesa débilmente las nubes.
El anillo en su dedo anular
lleva escrita su
desaparición en las llamas
El mío, su par, grabado y
preso
en la temblorosa cárcel de
mi mano,
es un frío reino
Fúnebre suerte,
-muerte que no es una.-
Tal la luna hechizada o
la loba nocturna
tampoco es una.
Se aquieta el viento en
la arboleda, para que sus
despojos floten más bellos
en mi ventana.
Vivir como si escuchara
el anillo de la paloma.
Música callada.
Muerte renovada