Escuchaba con atención
en la soledad de mi jardín
suavemente y sin precipitación
la invocación interior
Proyectaba el universo
en sus atrios,
la ofrecía sobre los muertos,
sobre los huesos de asesinados—
Cada beso, cada
arrodillarse, cada pan
algo de sustancia personal
Trenzas cortadas cuelgan
en santuarios,
labios sucios sobre yeso pintado—
no conocen la decadencia