El extremo de soltar las manos
desborda los límites de la carne.
La Muerte no es el Cadáver —
sino el despojo de todo lo que ata:
calabozo de dolor, de lepra, de baba.
Cenas tiesteas, sensualidades edípeas
abigarradas fimbrias de oro —
idólatras de su propia supervivencia.
Sin adelantar el reloj,
solo quitando el velo:
la Muerte, su última armadura,
trae la festividad del hielo.