La Hiedra en otoño
no es verde, es roja.
De la intemperie pupila,
una luz perdida colora
su herida.
Llama agotándose
en una chispa de viento,
sin saber el fuego
que lleva dentro.
La vehemencia de la Hiedra
no es la sangre que refleja,
sino
la que por el aire desangrar
se deja.
Palpa muros, trepa rejas.
La hendidura es su cuna
en el colapso de las fronteras.